Tuve una de esas mañanas en las que todo pesa más de lo que debería. No solo el cuerpo. La cabeza también.
De esas en las que te despiertas ya cansada. En las que ya estás negociando contigo misma sobre la comida, sobre entrenar, sobre si hoy “cuenta” o si mejor empiezas otra vez mañana. Otra vez.
Estaba en la cocina en calcetines, mirando la cafetera como si me hubiera decepcionado a propósito.
La bolsa del gimnasio estaba ahí. Preparada. Y simplemente… no pude.
No de forma dramática. Más bien de esa manera plana, apagada, con niebla en la cabeza.
Así que hice algo que a mi yo de antes le habría molestado.
No fui al gimnasio.
Cogí el coche y me fui.
Sin gran plan. Sin intención heroica de “vida activa”. Solo necesitaba moverme a un sitio que no fuera mi propia cabeza.
Acabé en Jávea.
He estado allí antes, pero esta vez no fui a “hacer” nada. Aparqué, caminé, y seguí caminando. Junto al mar, subí unas escaleras demasiado optimistas, y luego volví a bajar cuando mis gemelos empezaron a protestar oficialmente.
No estaba intentando cumplir pasos. No estaba intentando “quemar” nada. Solo caminé hasta que los hombros se me relajaron.
Esa es la parte que nunca sale en los planes de entrenamiento. Los hombros.
Había un hombre pescando que no había cogido nada. Un perro que me siguió unos tres minutos y luego decidió que no merecía la pena. Turistas haciendo la misma foto tres veces desde ángulos distintos. Y ese olor a mar, a piedra caliente y a crema solar que siempre te devuelve un poco a la infancia, aunque ya no lo seas.
En un momento me senté y me di cuenta de que llevaba unos veinte minutos sin pensar en comida, ni en peso, ni en si iba “bien” o “mal”.
Eso casi nunca me pasa.
Mi cabeza, cuando la dejo sola, es básicamente un grupo de WhatsApp caótico donde todo el mundo habla a la vez.
Esto se sentía… tranquilo.
Volví andando más despacio. No porque estuviera cansada. Porque no quería que se acabara.
Luego, ya en casa, todavía con la piel un poco salada y la cabeza más suave, hice lo que siempre hago cuando un sitio se me queda dentro. Me puse a buscar en Google. Dónde había estado exactamente. Cómo se llamaba esa zona. Dónde empieza realmente el casco antiguo y dónde acaba el puerto.
Así fue como acabé en APlaceInJavea dando vueltas por la web, situándome, entendiendo mejor por dónde había caminado y qué era cada cosa.
No fue un gran momento trascendental.
Sin violines. Sin revelaciones.
Pero pasó una cosa.
Esa tarde no me di un atracón. No entré en espiral. No me “premié” con comida por haber sido buena ni me castigué por haber sido mala.
Simplemente… comí como una persona normal.
Y eso, para mí, no es poca cosa.
Hablamos mucho de disciplina, de rutinas, de sistemas, de planes. Y sí, importan. Los necesito. De verdad.
Pero a veces lo que necesito es cambiar de canal dentro de mi propia cabeza.
No para siempre. No de forma dramática.
Solo por una tarde.
Hoy no fue sobre fitness.
Pero puede que me haya ayudado más que un entrenamiento.