Hubo una época en la que vestirme se sentía como una pequeña discusión silenciosa conmigo misma.
Nada dramático. Sin lágrimas en el suelo. Solo esa pausa conocida frente al armario. La mirada rápida. El suspiro. La lista mental de lo que hoy definitivamente no iba a funcionar.
Algunos días elegía ropa para desaparecer. Ancha. Segura. Neutral. Otros días intentaba “demostrar algo” con prendas que en realidad no se sentían como yo. Ajustadas cuando no me sentía segura. Estructuradas cuando lo único que quería era comodidad. Yo pensaba que el problema era mi cuerpo.
No lo era.
Durante mucho tiempo creí que la ropa era una recompensa. Te la ganas. Te la mereces cuando te ves de cierta manera, cuando te sientes de cierta manera, cuando llegas a cierto punto. Hasta entonces, te pones lo que te permita pasar el día sin llamar la atención.
Esa mentalidad se cuela sin que te des cuenta. Ni siquiera eres consciente de que la estás viviendo.
Recuerdo tener ropa que me gustaba pero que nunca usaba. No porque no me quedara bien. Sino porque no me sentía “lista” para ella. Lista para los comentarios. Lista para los espejos. Lista para ocupar espacio.
Lo curioso es que el cambio no llegó con una gran transformación física ni con un subidón de confianza. Llegó una mañana cualquiera, cuando iba con prisa y me puse algo sin pensarlo demasiado. Sin analizarme frente al espejo. Sin revisarme el cuerpo. Simplemente me vestí y salí.
Y el día fue… normal. En realidad, mejor que normal.
No pasé el tiempo ajustándome la ropa. No estuve pensando constantemente en cómo me veía. Me moví. Me reí. Me olvidé de mi cuerpo durante ratos, y eso se sintió como libertad.
Ahí fue cuando lo entendí.
La ropa no estaba hecha para ser una prueba.
No debía castigarme en los días malos ni premiarme en los buenos. No era una prueba de progreso ni de fracaso. Era solo… ropa. Herramientas. Algo que me ayudara a vivir mi día.
A partir de ahí empecé a observarme de otra forma. No tanto el espejo o las tallas, sino cómo me sentía.
Algunos conjuntos me hacían encogerme. Otros me incomodaban todo el tiempo. Y algunos, sin saber por qué, me hacían caminar más erguida. Y nada de eso tenía mucho que ver con cómo se veía mi cuerpo esa semana.
Tenía que ver con respeto.
Elegir ropa que no aprieta, no pincha, no limita y no me recuerda cada inseguridad fue un pequeño acto de cuidado hacia mí misma. Elegir comodidad no era rendirse. Era escucharme. Elegir algo llamativo no era exhibirme. Era confiar en mí.
Amar tu cuerpo no significa amar cada ángulo ni cada prenda. Esa idea cansa. Algunos días todavía no me gusta lo que veo. Pero ya no me castigo por ello.
Me visto para el cuerpo que tengo, no para el que estoy negociando.
Y eso lo ha cambiado todo.
Si ahora mismo te cuesta tu imagen corporal, quizá no empieces por la comida, el ejercicio o el espejo. Quizá empieza por la ropa. Observa cuáles prendas se sienten como una armadura y cuáles se sienten como libertad.
No le debes confianza a nadie. Pero sí mereces comodidad. Mereces vivir tu día sin estar corrigiéndote constantemente.
Y a veces, aunque suene raro, todo empieza con lo que eliges del armario.
Si te apetece compartirlo, me encantaría leerte.
¿Hubo una prenda que te sorprendió? ¿Una que evitaste durante años y terminó gustándote? ¿O una de la que por fin te despediste?
Esos momentos importan más de lo que creemos.